lunes, 30 de diciembre de 2013

Canto XVI - Purgatorio

Oscuridad de infierno y de noche priva
de todo planeta, bajo pobre cielo,
cuanto ser puede de nubes atenebrada,


no cubrió mi rostro de tan espeso velo,
como aquel humo que allí nos cubría,
ni nunca hubo más áspero pelo,


que el ojo abierto sufrir podría;
por éso mi escolta sabida y confiable
se me acercó y el hombro me ofrecía.


Como ciego que va detrás de su guía
por no perderse y no dar tropiezo
en cosa que le moleste, o quizá lo hiera,


así me andaba yo bajo el aire amargo y negro,
escuchando a mi conductor que me decía:
Cuídate que de mi lado no te muevas.


Sentía voces, y cada una parecía
orar, por paz y misericordia,
al Ángel de Dios que los pecados lleva.


Sólo “Agnus Dei” eran sus exordios;
todas las palabras era de un solo modo
pues entre ellas había cabal concordia.


¿Son espíritus éstos, maestro, que oigo?
dije yo. Y él a mi: Bien has comprendido,
y de la iracundia el nudo van resolviendo.


¿Quién eres tú que nuestro humo hiendes,
y de nosotros hablas como si
por calendas aún midieras el tiempo?


Así se oyó una voz decir;
por lo que mi maestro dijo: Responde,
y pregunta si por aquí se va arriba.


Y yo: ¡Oh criatura que te purgas
por volverte bella ante quien te hizo,
maravillas oirás, si me acompañas.


Yo te seguiré cuanto me es lícito,
respondió, y si el humo ver no nos deja
el oído nos mantendrá juntos supliendo.


Entonces empecé: Con aquel rostro
que la muerte disuelve voy arriba,
y llegué aquí por las infernas penas,


y si Dios en su gracia tal me puso
que quiere que su corte vea de forma
totalmente fuera del corriente uso,


no me ocultes quién antes de morir fuiste,
mas dime, y dime si voy bien hacia el paso;
y tus palabras nos servirán escolta.


Lombardo fui, y fui llamado Marco;
del mundo supe, y aquel valor amé
del cual hoy todos han arriado el arco.


Para subir ve derechamente,
respondió, y agregó: te ruego
que por mí ruegas cuando estés arriba.


Y yo a él: Por mi fe a ti me ligo
que haré lo que me pides; pero me muero
por un dilema, si no me lo explico.


Primero era simple, y ahora se ha duplicado
por tu sentencia, pues es cierto,
lo que aquí y en otro lugar, ahora vinculo.


El mundo está pues bien desierto
de toda virtud, como tu me suenas,
y de malicia grávido y cubierto;


mas te ruego me señales la razón
de modo que la vea y la explique a otros;
pues hay quien en el cielo otros aquí abajo la ponen.


Un fuerte suspiro, que al dolor ciñó en un ¡ay!
soltó primero; y comenzó: Hermano,
el mundo es ciego, y bien se ve que de él vienes.


Vosotros que vivís toda razón fundáis
sólo en el cielo, como si todo
se moviera por necesidad.


Si así fuera, en vosotros se destruiría
el libre albedrío, y nos sería justicia
por bien alegría, y por mal ganar luto
.

El cielo vuestros movimientos inicia;
no digo todos, mas, aunque así fuera,
luz os es dada para bien y para malicia;


y el libre querer que, si a la fatiga
de las primeras batallas con el cielo resiste,
después vence todo, si bien se afirma.


Ante mayor fuerza y mayor natura,
libres yacéis; y a ella la crea en vosotros
la mente, de la que el cielo no cura.


Sin embargo, si el presente mundo se desvía,
en vos la razón está, de vos se la reclama,
y de ello te seré verdadero espía.


Sale de manos de aquel que la acaricia
antes que sea, como hace una mocilla
que riendo y llorando parlotea,


el alma simplísima que nada sabe,
salvo que, llevada por el alegre hacedor,
de su voluntad se dirige a lo que le agrada.


Primero de un pequeño bien gusta el sabor;
allí se engaña, y tras él corre,
si guía o freno no tuerce su amor.


Por éso tiene que haber leyes de freno;
necesario que haya rey, que discierna
de la vera ciudad la torre al menos.


Las leyes existen, mas ¿quién cura de ellas?
Ninguno, y aunque el pastor que guía,
rumiar puede, con todo no tiene la pezuña hendida;


porque la gente, que contempla a su guía
hender sólo hacia aquel bien del que ella es glotona,
de ése se pace, y más allá no ambiciona.



Bien puedes ver que la mala conducta
es la razón que a hecho al mundo reo,
y no que en vos la natura esté corrupta.


Solía Roma, que el buen mundo hizo,
dos soles tener, que uno y otro camino
hacían ver, el del mundo y el de Dios.


El uno al otro ha extinguido; y unida la espada
al cayado, y ambos estando juntos,
por la violencia es forzoso que mal vaya;


porque juntos, uno al otro no se temen:
si no me crees, atiende a la espiga
que toda hierba se conoce por la semilla.


En el país que el Adigio y el Po riegan
solía valor y cortesía hallarse,
antes que Federico diera pelea;


hoy por allí seguro puede pasar
cualquiera que evitara, por vergüenza,
de hablar con buenos, o de prisa darse.


Verdad que hay allí aún tres ancianos
en quienes la vieja edad riñe a la nueva,
y sienten que Dios tarda a mejor vida llevarlos;


Conrado da Palazzo y el buen Gerardo
y Guido de Castel, que mejor se nombra,
como los franceses, el simple Lombardo.


Como hoy nunca la Iglesia de Roma,
confundiendo ambas regencias,
cae en el fango, se afea ella misma y a la otra.


¡Oh Marco mío!, dije yo, bien argumentas;
y ahora entiendo porqué del reparto
los hijos de Leví fueron exentos.


Mas ¿cuál Gerardo es aquel que por sabio
dices que aún queda de la extinguida gente,
para reproche del salvaje siglo?


O tus palabras me engañan o me tientas,
me repuso, porqué, hablando tosco,
parece que del buen Gerardo nada sepas.


Por otro nombre no lo conozco,
salvo que lo tomara de su hija Gaya.
Dios os acompañe, más no voy con vosotros.


Mira el albor, que por entre el humo destella,
ya va blanqueando, y me conviene partir
(el Ángel está allí) antes de que aparezca.


Entonces retrocedió, y más oírme no quiso.

Canto XVII - Purgatorio

Habíamos ya dejado atrás al ángel,
al ángel que al sexto giro nos llevara,
que del rostro una seña me borrara;


y a los que tienen de la justicia el deseo
beatos los llamara, y cuyas voces
“sitiunt”, sin más, nos propusieron.


Y más leve que por las otros huecos
caminaba yo, tal que sin fatiga alguna
seguía a arriba a los espíritus veloces;


entonces Virgilio comenzó: Amor,
de virtud inflamado, siempre a otro inflama,
con tal que la llama se vea afuera;


por eso desde que descendió
a nuestro limbo del infierno Juvenal,
quien tu afecto me hizo patente,


mi benevolencia hacia ti fue tal
como nunca fue hacia ninguna otra persona,
y así ahora me son cortas estas escalas.


Mas dime, y como amigo perdóname,
si la mucha confianza afloja el freno,
y como amigo ahora conmigo razona:


¿cómo pudo hallar en tu seno
lugar la avaricia, en medio de tan buen sentido
del que por tus estudios y cuidados estuviste lleno?


Estas palabras a Estacio mover lo hicieron
un poco a risa primero; luego respondió:
Todos tus dichos de amor me son claro signo.


En verdad muchas veces vienen cosas
que a la duda dan falsa materia
porque esconden la razones veras.


Tu pregunta tu creencia me confirma
de que yo fuera avaro en la otra vida,
tal vez por aquel giro en el que yo era.


Pues bien, sabe que la avaricia lejos
de mi estuvo, y a ésta desmesura
mil lunaciones la han castigado.


Y si no fuera que apliqué pronto la cura
cuando escuché aquello que tú clamas,
fastidiado casi de la humana natura:


“¿A dónde no arrastras tú, oh sacro hambre
del oro, el apetito de los mortales?”,
estaría en las anteriores tristes labores.


Entonces advertí que por abrir demás las alas
podía irse de manos el gasto, y arrepentíme
así de éste como de los otros males.


¡Cuántos resurgirán con rapadas crines
por ignorancia, que a este defecto
priva de penitencia en vida y en los fines!


Y sabe que la culpa que replica
por directa oposición algún pecado,
juntamente con él aquí su verdor seca;


pues, si yo entre la gente me he contado
que llora su avaricia, por purgarme,
en su contrario me he encontrado.


Ahora cuando tú cantaste las crueles armas
de la doble tristeza de Yocasta,
dijo el cantor del bucólico carmen,


por lo que allí Clio contigo trata,
no parece que entonces te hiciera fiel
la fe, sin la cual hacer bien no basta.


Si así fue, ¿qué Sol o qué candelas
te sacaron de tinieblas tantas que alzaste
luego detrás del pescador las velas?


Y aquel a él: Tú primero me enviaste
al Parnaso a beber en sus grutas,
y el primero junto a Dios me iluminaste.


Hiciste como aquel que va de noche,
que lleva en su detrás la luz y no se ayuda,
mas tras de sí hace a las personas doctas,


cuando dijiste: “El siglo se renueva;
vuelve la justicia y el primer tiempo humano,
y una progenie desciende del cielo nueva”.


Por ti fui poeta, por ti cristiano:
mas porque veas mejor lo que diseño
para colorearlo extenderé la mano.


Ya estaba el mundo preñado
de la vera creencia, sembrada
con los mensajes del eterno reino;


y tu palabra arriba indicada
se armonizaba con los nuevos predicantes;
por donde a visitarlos tomé usanza.


Vinieron luego pareciendo tan santos,
que, cuando Domiciano los perseguía,
de mis lagrimas no carecieron sus llantos;


y mientras que de aquel lado estuve,
los auxilié, y sus derechas costumbres
me llevó al desprecio de todas las demás sectas.


Y antes que condujera a los Griegos a los ríos
de Tebas poetizando, recibí el bautismo;
mas por miedo oculto cristiano estuve


largamente mostrando paganismo;
y esta tibieza en el cuarto círculo
me hizo rodar más de cuatro centésimos.


Tú pues, que alzado has la cubierta
que me escondía todo el bien que digo,
mientras que subiendo tenemos tiempo,


dime dónde está Terencio nuestro antiguo,
Cecilio y Plauto y Varro, si lo sabes;
dime si están condenados y en cuál giro.


Ellos y Persio y yo y otros muchos,
respondió mi guía, estamos con aquel griego
que lactaron las Musas más que a ninguno,



en el primer círculo del penal ciego;
muchas veces hablamos del monte
que tiene siempre a nuestras nodrizas consigo.


Allí Eurípides con nosotros y Anacreonte,
Simónides, Agatón y otros muchos
griegas que ya de laurel ornaron su frente.



Allí se ven de tus gentes
Antígona, Deifila y Argía,
e Ismenea tan triste como siempre.


Vese a aquella que mostró a Langia;
la hija de Tiresia y Tetis
y con sus hermanas Deidamia.


Callaban ya ambos poetas
de nuevo atentos a mirar en torno
libre de escalera y de paredes;


y ya las cuatro esclavas habían del día
quedado atrás, y la quinta al timón
alzaba en alto el ardiente cuerno,


cuando mi conductor: Creo que al extremo
hay que volver la espalda diestra,
girando el monte como hacer solemos.


Así la rutina fue allí nuestra consigna,
y tomamos la vía con menor recelo
por el sentir de aquella alma digna.


Iban ellos delante y yo solito
detrás, y escuchaba su conversa,
que de poetizar me daba intelecto.


Mas pronto quebró las dulces razones
un árbol que hallamos en medio de la estrada,
con manzanas de aromas suaves y buenos;


y como el abeto hacia lo alto degrada
de rama en rama, así aquel hacia abajo,
creo yo, para que nadie arriba no vaya.


Del lado donde nuestro camino estaba ocluso,
caía de la alta roca un licor claro
y se expandía por las hojas superiores.


Los dos poetas al árbol se acercaron;
y una voz de adentro de la fronda
gritó: De este fruto careceréis.


Luego dijo: Más pensaba María en
que las bodas honradas fueran y enteras,
que en su propia boca, que ahora os apoya.


Y las Romanas antiguas, para su beber,
contentas estuvieron con agua; y Daniel
despreció comida y adquirió saber.


El primer siglo, como el oro, fue bello,
hizo sabrosas, con hambre, las bellotas,
y fue néctar a la sed todo arroyuelo.


Miel y langostas fueron la vianda
que nutrieron al Bautista en el desierto;
pues él es glorioso y tan grande


cuanto por el Evangelio se os es abierto.

Canto XVIII - Purgatorio

Terminado ya su razonamiento,
el alto doctor atento contemplaba
mi rostro por ver si contento me veía;


y yo, a quien nueva sed por más movía,
por fuera nada, y por dentro decía:
quizá el mucho preguntar mío lo cansa.


Mas aquel veraz padre que advirtió
el tímido querer que no se abría,
hablando, de osar hablar me dio aliento.


Y yo entonces: Maestro, mi vista se aviva
tanto con tu luz, que discierno claro
todo lo que tu razón parte o describe.


Empero te ruego, dulce padre amado,
que me muestres el amor, al cual reduces
todo bien obrar y su contrario.


Alza, me dijo, a mi las agudas luces
de tu intelecto, y séate manifiesto
el error de los ciegos que se hacen guías.


El alma, que fue creada a amar pronta,
a toda cosa se mueve que le place,
luego que al placer en acto se despierta.


Vuestra aprehensiva del ser verdadero
trae la imagen, y adentro la despliega,
de modo que mueve al alma a volverse a ella;


y si al hacerlo a ella se entrega,
ése entregarse es amor, y es la naturaleza
que por placer de nuevo en vosotros se ata.


Después, así como el fuego muévese a la altura,
por su forma nacida a subir
a donde más en su materia dura,


así el alma presa entra en deseo,
que es moción espiritual, y ya no reposa
hasta no gozar de la cosa amada.


Ahora ya puedes ver cuán escondida
la verdad está a los que avalan
cualquier amor en sí como loable cosa;


porque quizá creen que su materia
es siempre buena, pero no todo sello
es bueno, aun cuando buena sea la cera.


Tus palabras y mi seguidor ingenio,
le respondí, el amor me ha descubierto,
mas me ha dejado de dudar más lleno;


pues si el amor nos es de afuera dado,
y el alma no va de otra manera,
si recta o torcida va, no es su mérito.


Y él a mi: cuanto la razón observa,
puedo decirte; de allí en más espera
sólo a Beatriz, pues ya de fe es materia.


Toda forma sustancial, que distinta
es de la materia y está unida a ella,
tiene una virtud específica propia,


la cual, sin el obrar, no se percibe,
ni más no se muestra que por el efecto,
como en la planta por verde fronda la vida.


Sin embargo, de donde la intelección venga
de las primeras noticias, no lo sabemos,
ni de las primeras apetencias el afecto,


que en vosotros están, como en la abeja
el arte de hacer la miel, y este primer querer
mérito de alabanza o de reproche no tiene.


Ahora, como todo otro de este se infiere,
os es innata la virtud que aconseja,
y que el umbral debe tener del asenso.


Este es el principio de donde se toma
la razón de merecer en vos, según
que buenos y reos amores acoge y elige.



Los que razonando llegaron al fondo,
reconocieron esta innata libertad,
y donaron entonces la moral al mundo.


Por donde, poniendo que por necesidad
surja todo amor que en vos se encienda,
de retenerlo está en vos la potestad.


La noble virtud es lo que Beatriz entiende
por libre albedrío, por ello cuida que en la mente
la guardes, si a hablar de ello te prende.


La Luna, casi a media noche atardada,
forzaba a las estrellas a que lucieran menos,
y estaba como un caldero aún ardiente;


corría por el cielo por aquellas estradas
que el Sol inflama cuando desde Roma,
entre Cerdeña y Córcega, se lo ve que cae.


Y aquella sombra gentil, por quien se nombra
Piétola más que la ciudad mantuana,
de mi insistencia depuesto había la carga;


pues yo, que la razón abierta y plana
de mis cuestiones había cosechado,
estaba como el somnoliento que desvaría.


Pero esta somnolencia me fue quitada
súbitamente por gente que por detrás
de nuestra espalda se acercaba.


Y cual como el Ismeno otrora y el Asopo
de noche en sus orillas vieron furia y caterva,
porque los Tebanos necesidad tenían de Baco,



así por aquel giro a saltos avanzan,
que allí yo los vi, viniendo,
a los que buen querer y justo amor cabalga.


Luego llegaron a nosotros, porque corriendo
se movía entera aquella turba magna;
precedidos por dos que llorando gritaban:


“Maria corre con prisa a la montaña;
y César, por subyugar Ilerda
picó a Marsella y corrió después a España”.


“Pronto, pronto, que el tiempo no se pierda
por poco amor”, gritaban detrás los otros,
“que el celo del bien reverdece a la gracia”.


¡Oh gente en la que el agudo fervor ahora
compensa quizá la negligencia o tardanza
que pusisteis en el bien hacer por flaqueza,


éste que vive, y es cierto que no os miento,
quiere subir, en cuanto que el Sol reaparezca;
decidnos, pues, dónde de subir está la puerta!


Palabras estas fueron del conductor mío;
y uno de aquellos espíritus dijo: Ven
en pos nuestro, y encontrarás la hendidura.


Estamos del deseo de movernos tan llenos,
que parar no podemos; por lo que perdona,
que nuestra villanía justicia tiene.


Abad fui de San Zenón de Verona
bajo el imperio del buen Barbarroja,
de quien dolida aún Milán reflexiona.


Y hay un tal que tiene ya un pie en la fosa,
que pronto llorará aquel monasterio,
y triste estará por haber tenido el mando;


porque a su hijo, malo del cuerpo entero,
y de la mente peor, y mal nacido,
ha puesto en el lugar de su pastor verdadero.


No sé si más dijo o si callóse,
ya tanto de nosotros se había ido;
mas ésto entendí, y recordarlo me place.


Y quien me había en todo apuro auxiliado
dijo: Vuélvete aquí: verás a dos
venir dando a la acidia mordiscos.


Detrás de todos decían: Antes primero
murió la gente para quien el mar abrióse,
que el Jordán viese a sus herederos.


Y aquella que el afán no sufrió
hasta el fin con el hijo de Anquises,
a una vida sin gloria se entregó.


Después, cuando tan lejos fueron
aquellas sombras, que verlas ya no podía,
un nuevo pensamiento se instaló en mí;


y tanto deliré de uno a otro,
que los ojos por vagancia recubrí,
y trasmuté en sueño el pensamiento.

Canto XIX - Purgatorio

En la hora cuando aún el calor diurno
no puede entibiar más el frío de la Luna,
vencido por la Tierra, y a veces por Saturno;


cuando los geomantes su Mayor Fortuna
ven en oriente, antes del alba,
surgir por la vía que poco está oscura,


vínome en sueños una mujer gaga,
de ojos bizca, de pies torcidos,
manca de manos, y pálida de tez.


Yo la miraba; y así como el Sol conforta
los fríos miembros que la noche agrava,
de igual manera mi mirada liberaba


su lengua, y luego la enderezaba entera
en pocas horas, y el descolorido rostro,
como el amor quiere, coloreaba.


Luego que así tuvo ella el habla suelta
comenzó tal cantar que con pena
hubiera mi atención separado de ella.


“Yo soy”, cantaba, “yo soy la dulce sirena,
que a los marineros en medio del mar desvío;
¡Tanto estoy de placeres a gozar plena!


Yo aparté a Ulises de su variado camino
con mi canto; y quien se arraiga conmigo,
rara vez se marcha; ¡complazco tanto!”


Aún no había ella cerrado la boca,
cuando apareció una dama santa y presta
a mi lado para dejarla confusa.


“¡Oh Virgilio, Virgilio!, ¿quién es esta?”
ferozmente decía; y él venía
con los ojos fijos sólo en la honesta.



A la otra prendía, y por delante la abría
rasgando sus ropas, y mostrábame el vientre:
y me despertó el hedor que de allí salía.


Moví los ojos y el buen maestro: ¡Al menos tres
veces te he llamado!, decía, levántate y ven;
busquemos la apertura por la que entres.


Me levanté, y del alto día ya estaban llenos
todos los giros del sacro monte,
y marchábamos con el Sol nuevo en las renes.


Siguiéndolo, llevaba la frente
como quien de pensares la tiene grávida,
inclinado como medio arco de puente;


cuando oí “Venid, por aquí se pasa”
decir de modo suave y benigno,
cual no se siente en esta mortal marca.



Con las alas abiertas, como de cisne,
arriba nos llevó el que así hablara
entre dos paredes del duro macizo.


Movió las plumas y aventóme,
“Qui lugent” afirmando ser beatos
que tendrán de consuelo el alma dueña.


¿Qué tienes que al suelo sólo miras?,
mi guía comenzó a decirme,
poco después que más allá del ángel fuimos.


Y yo: Tan caviloso me hace ir
una nueva visión que a ella me apega,
que no puedo de pensar en ella partirme.


Viste, dijo, aquella antigua maga
causa única de lo que más arriba se llora;
viste como el hombre de ella se desliga.


Que te baste, y batiendo al suelo los talones:
vuelve los ojos al reclamo que gira
el rey eterno junto a las magnas ruedas.


Como el halcón, que primero sus patas mira,
de allí se vuelve al grito y se lanza
por el deseo del pasto que allá le tiran,


tal hice yo; y tal, cuanto se hiende
la roca para dar paso al que va arriba,
anduve hasta donde a circular se comienza.



Cuando al quinto giro hube llegado,
vi gente allí que lloraba
yaciendo en tierra boca abajo.


“Adhesit pavimento anima mea”
oía de ellos tan altos suspiros
que sus palabras apenas se entendían.


¡Oh de Dios electos, a quienes el sufrir
justicia y esperanza hacen menos duro,
dirigidnos hacia las altas gradas!


Si venís del yacer aquí eximidos,
y más pronto queréis hallar la vía,
que vuestra diestra esté siempre por fuera.


Así rogó el poeta, y así se oyó un poco
más adelante de nosotros; y como yo
advertí por la voz al que estaba oculto,


volví mis ojos a los ojos de mi señor;
y él aprobó con alegre gesto
lo que la expresión de mi deseo pedía.


Luego que pude actuar según mi deseo,
avancé inclinado sobre la criatura
cuyas palabras notarlo antes me hicieran,


diciendo: Espíritu en quien llorar madura
lo que sin ello a Dios volver no puedes,
suspende un poco para mi tu mayor cura.



Quién fuiste y porqué vuelto tenéis el dorso
arriba, dime y si quieres que impetre
alguna cosa allá de donde salí vivo.


Y él a mi: porqué nuestras espaldas
miran al cielo, sabrás: pero antes
scias que ego fui succesor Petri.


Entre Sestri y Chiavari desciende
un bello arroyuelo, de cuyo nombre
el título de mi sangre se honra.


Un mes y poco más probé yo cuánto
pesa el gran manto a quien del fango lo guarda,
que plumas parecen todas las otras cargas.


Mi conversión, ¡ay de mi! fue tarda;
mas, cuando fui hecho pastor romano,
descubrí allí la vida embustera.


Vi que allí el corazón no se aquietaba,
y que subir más no se podría en aquella vida;
y así de ésta me encendí de amor.


Hasta entonces miserable y alejada
de Dios un alma fui, del todo avara;
ahora, como ves, aquí soy castigada.


Lo que la avaricia hace, aquí se declara
en la purga de las conversas almas;
y no hay en el monte pena más amarga.


Así como nuestro ojo no enfocó
hacia la altura, fijo en las cosas terrenas,
así la justicia aquí a la tierra lo sumerge.


Como la avaricia extingue de todo bien
nuestro amor, y el buen obrar se pierde,
así la justicia aquí estrechos nos tiene,


de pies y manos ligados y presos;
y tanto cuanto plazca al justo Sire,
estaremos inmóviles y extensos.



Yo me había arrodillado y quería hablar:
Y en que comencé, se percató
sólo escuchando, de mi reverencia,


¿Qué razón, dijo, te ha hecho abajarte?
Y yo a él: Por vuestra dignidad
de inmediato movióme la conciencia.


¡Endereza las piernas, levántate, hermano!
respondió, no yerres: consiervo soy
contigo y con los otros de la misma potestad.


Si nunca aquel santo evangélico sonido
que dice “Neque nubent” entendiste,
bien podrás ver porqué así razono.


Vete ya: no quiero que más te quedes;
que estando tú aquí mi llanto cesa,
con el que maduro yo lo que dijiste.


Nieta tengo allá de nombre Alagia
de natural bueno, con tal que nuestra casa
no la haga con el ejemplo malvada;


y ella es la única que de allá me ha quedado.

Canto XX - Purgatorio

Contra mejor querer querer mal pugna;
y así contra mi placer, por agradarle,
la esponja aún no sacia saqué del agua.



Me moví; y mi conductor movióse por los
sitios expeditos a lo largo de la roca,
como entre estrechos muros y merlones;


porque la gente que suelta gota a gota
por los ojos el mal que domina a todo el mundo,
hacia afuera del giro se acerca mucho.


¡Maldita seas tú, antigua loba, que
más presas haces que todas las bestias juntas
a causa de tu hambre sin fin profunda!


¡Oh cielo!, que en tu girar ver se cree
las condiciones aquí abajo de los cambios,
¿cuándo vendrá aquel por quien esta se vaya?


Íbamos con pasos lentos y escasos,
atento yo a las sombras, que sentía
piadosamente llorar y lamentarse;


y por ventura oí: “Dulce María”
delante nuestro así clamar en el llanto
como hace mujer en trabajo de parto;


y en seguida: “Pobre fuiste tanto
cuanto se puede ver por aquel hospicio
donde expusiste al que portabas santo”.


Seguidamente escuché: “¡Oh buen Fabricio,
en pobreza quisiste más virtud
que gran riqueza poseer con vicio!”


Estas palabras me fueron tan gratas
que me adelanté para tener noticia
de aquel espíritu de donde al parecer venían.


Seguía aún hablando de la largueza
con la que Nicolás trató a las doncellas
por llevar a honor su adolescencia.


¡Oh alma que tan bien conversas
dime quien fuiste, dije, y porqué tú sola
estas dignas alabanzas renuevas.


No quedará sin premio tu palabra,
si yo regreso a cumplir el corto camino,
de aquella vida que al terminar vuela.


Y él: Te lo diré, no por consuelo
que yo espere de allá, sino por la tanta
gracia que luce en ti antes de haber muerto.


Yo fui raíz de la mala planta
que a la tierra cristiana ensombrece
tanto que buen fruto raro se cosecha.


Pero si Douay, Gante, Lila y Brujas
pudieran, pronto habría venganza;
y yo la suplico a aquel que todo juzga.


Llamado fui allá Hugo Capeto;
de mi nacieron los Felipes y los Luises,
por quienes últimamente es regida Francia.


Hijo fui de un carnicero de Paris:
cuando los reyes antiguos faltaron
todos, salvo uno envuelto en paños grises,



me hallé ceñido entre las manos el freno
del gobierno del reino, y tal poder
de nuevo adquirí, y tan de amigos pleno,



que la viuda corona promovida
a la cabeza de mi hijo fue, del cual
comenzaron de la estirpe los sagrados huesos.


Mientras que la gran dote provenzal
a mi sangre no quitó la vergüenza,
poco valía, mas con todo no hacía mal.


Entonces comenzó con fuerza y con mentira
su rapiña: y después, por enmienda,
usurpó Pontiheu, Normandía y Gazcuña.


Carlos vino a Italia y, por enmienda,
víctima hizo a Corradino; y después
envió al cielo a Tomás, por enmienda.


Veo no mucho más tarde un tiempo todavía,
en que saldrá otro Carlos de Francia,
para darse mejor a conocer y a los suyos.


De allí sale sin armas y sólo con la lanza
con la que luchó Judas, y la esgrime
tanto que de Florencia hiende la panza.


Por donde no tierras, mas pecado e infamia
cosechará, lo que le será más grave
cuanto más leve cree que tal daño cuenta.



Al otro, que hasta salió preso en una nave,
veo vender a su hija pactando precio,
como los corsarios hacen de otras esclavas.


¡Oh avaricia! ¿qué más puedes hacer,
que así te has apropiado de mi sangre
que ni te cuidas de tu propia carne?


Para que menos se vea el mal futuro y pasado,
veo en Anagni entrar la flor de lis,
y en su vicario quedar Cristo encarcelado.


Véolo ser de nuevo burlado;
veo renovar el vinagre y la hiel,
y entre vivos ladrones ser occiso.


Veo al nuevo Pilato tan cruel,
que ni éso lo sacia, pues sin decreto
hasta el Temple lleva las codiciosas velas.


¡Oh Señor mío! ¿cuándo tendré la dicha
de ver la venganza que, escondida,
torna dulce tu ira en tu secreto?


Lo que antes decía de aquella única esposa
del Espíritu Santo y que hizo
te volvieras a mi con una pregunta,


es letanía tan repetida en nuestras preces
cuanto dura el día; mas cuando anochece,
contrarios tonos en su lugar hacemos.


Coreamos a Pigmalión entonces,
que traidor y ladrón y parricida
tuvo del oro voluntad golosa;


y la miseria del avaro Midas,
que siguió a su demanda gruesa,
por la que siempre será objeto de risa.


Del loco Acam todos se acuerdan,
que robó los despojos, tal que la ira
de Josué parece que aún lo muerda.


De allí acusamos con su esposo a Safira;
alabamos los pies que sufrió Heliodoro;
y todo el monte como infamia reitera


a Polinéstor que ultimó a Polidoro;
por último gritamos: ”¡Dinos Craso!,
pues lo sabes ¿qué sabor tiene el oro?”


A veces habla uno alto y otro bajo,
según la afección que nos espolea
ora con mayor, ora con menor paso:


con todo, al bien que en el día se razona,
no era yo el único; bien que cerca de aquí
no alzaba la voz ninguna otra persona.


Nos habíamos ya alejado de él,
y luchábamos por montar la estrada,
tanto cuanto la fuerza nos permitía,


cuando sentí, como si se derrumbara,
temblar el monte; de donde me tomó un hielo
como el que suele tomar al que a la muerte vaya.


Verdad que no se sacudía tan fuerte Delos,
antes que Latona en ella hiciese nido
para parir los dos ojos del cielo.


Luego creció de todas partes un grito
tal, que el maestro a mi converso,
dijo: No dudes, mientras yo te guío.


“Gloria in excelsis” todos “Deo”
decían, por lo que comprendí de cerca,
donde entender el grito se podía.


Estábamos inmóviles y en suspenso
como el primer pastor que oyó ese canto,
hasta que el temblor cesó y completóse.


Luego retomamos nuestro camino santo
mirando a las sombras que yacían por tierra,
lanzando ya a lo alto el usual llanto.


Nunca ninguna ignorancia con tanta guerra
me aguijoneó el deseo de saber,
cuanto, si mi memoria no yerra,


pensando, me parecía entonces querer;
mas por la prisa preguntar no me atrevía,
ni por mí mismo nada podía ver:


y así me andaba tímido y caviloso.

Canto XXI - Purgatorio

La natural sed que nunca se sacia
sino con el agua que la mujercilla
samaritana demandó por gracia,


me trabajaba, y punzábame la prisa
en la estorbada vía tras mi guía,
y me condolía de la justa venganza.


Y entonces, tal como escribe Lucas
que Cristo apareció a dos en la vía,
salido ya de la sepulcral fosa,


apareció una sombra que detrás nuestro venía,
del pie cuidando a la yaciente turba;
y no la apercibimos, hasta que nos habló primero,



diciendo. ¡Oh hermanos míos, Dios os dé paz!
Nos volvimos súbitamente, y Virgilio
le respondió con el gesto que correspondía.


Luego agregó: En el beato concilio
te ponga en paz la veraz corte
que me relega a mí en el eterno exilio.


¡Cómo!, exclamó, en tanto íbamos con prisa,
si sois sombras que Dios arriba no digna,
¿quién por su escalera os ha guiado?


Y el doctor mío: Si observas los signos
que éste lleva y perfila el ángel
bien verás que con los buenos merece el reino.


Pero como aquella que día y noche hila
no le había aún completado el copo
que a cada uno Cloto impone y compila,


su alma, que es hermana tuya y mía,
teniendo que subir, no pudo venir sola,
porque no puede ver a nuestro modo.


Por donde fui sacado de la amplia gola
infernal para mostrarle, y le mostraré
hasta donde pueda llevarlo mi escuela.


Mas dime si lo sabes, ¿porqué tales fragores
dio antes el monte, y porqué todas a una
parecen gritar hasta sus marinas faldas?


Tanto acertó, preguntando, en el centro
de mi deseo que, solo con la esperanza
de oír, mi sed se hizo menos ayuna.


Aquel comenzó: Nada hay que fuera
de orden consienta la religión
de la montaña, o que esté fuera de usanza.


Libre sitio es éste de toda mudanza:
de lo que el cielo de sí en sí recibe,
puede ser, y no de otra cosa, la causa.


Pues ni lluvia, ni granizo, ni nieve,
ni rocío, ni escarcha no más arriba cae
de la escalita de las tres breves gradas;


nubes espesas no se ven ni ralas,
ni relámpagos, ni la hija de Taumante,
que allá cambia frecuente de comarca;


seco vapor no surge más allá
de la cima de las tres gradas que dije,
donde el vicario de Pedro tiene las plantas.


Más abajo quizá tiemble poco o mucho;
pero por viento que en tierra se esconda,
no sé cómo, aquí arriba no tembló nunca.


Tiembla cuando algún alma tan munda
se siente, que se alza o se mueve
para subir a lo alto; y el grito la sigue.


De la mundicia sólo el querer da prueba,
porque, libre ya para cambiar de asiento,
al alma sorprende y a querer la ayuda.



Primero bien quiere, pero se opone el deseo,
que la divina justicia, contra voluntad,
como fue de pecar, pone de tormento.


Y yo, que he yacido en esta pena
quinientos años y más, recién ahora sentí
la libre voluntad del mejor suelo;


por ello sentisteis el terremoto y a los píos
espíritus por el monte rendir loas
al Señor, a que pronto arriba los envíe.


Así habló; y porque se goza tanto
en beber cuanto más grande es la sed,
no sabría decir cuánto me fue de ayuda.


Y el sabio conductor: Ahora veo la red
que aquí os retiene y como os libera,
porqué tembláis y porqué juntos gozáis.



Ahora quién fuiste, plázcate que lo sepa,
y porqué tantos siglos has yacido
aquí, que en tus palabras lo entienda.


En tiempos cuando el buen Tito, con ayuda
del sumo rey, vengó las llagas
que brotaron la sangre que vendió Judas,


con el nombre que más dura y más honra
estaba yo allá, respondió aquel espíritu,
famoso mucho, pero no con fe todavía.


Tanto fue dulce mi vocal sonido,
que, tolosano, a sí me trajo Roma,
donde merecí ornar mis sienes de mirto.


Estacio aún la gente de allá me llama:
canté a Tebas, y luego al gran Aquiles;
mas caí en camino de la segunda alforja.


De mi ardor fueron semilla las chispas,
que me escaldaron, de la divina llama
de la que son iluminados más de mil;


de la Eneida hablo, la cual madre
fue mía, y fue mi nodriza, en poesía:
sin ella no valdría el peso de un dracma.


Y por haber vivido allá cuando
vivió Virgilio, aceptaría un siglo
más, que no debo, en salir de este bando.


Volvióse a mi Virgilio a estas palabras
con el rostro que, callando, dijo: calla;
mas no puede la virtud todo lo que quiere,


que risa y llanto son tan secuaces
de la pasión que en cada una brota,
que vencen la voluntad de los más veraces.


Yo me sonreí como quien destella;
por lo que la sombra callóse, y mirándome
a los ojos, donde el semblante más refleja,


y: Si tanto trabajo como bien asumes,
dijo, ¿porqué tu cara ahora mismo
un rebrillo de risa me demuestra?


Ahora estoy de un lado y de otro preso:
uno me hace callar, el otro me conjura
que diga; y yo suspiro, y entendiendo


mi maestro: No tengas miedo,
me dice, de hablar; habla y dile
lo que demanda con tanta cura.


A lo que yo: Quizá te maravilles,
antiguo espíritu, del reír que hice;
pero mayor estupor haré que te pique.


Éste que guía a lo alto mis ojos,
es aquel Virgilio de quien tomaste
fuerza para cantar los hombres y lo dioses.


Si otra causa de mi reír creíste,
déjala por no cierta, y cree que lo sean
aquellas palabras que de él dijiste.


Ya se inclinaba a abrazar los pies
de mi doctor, pero le dijo: Hermano,
no lo hagas, tú eres sombra y sombra ves.


Y él alzándose: Ahora puedes la cantidad
de amor comprender que a ti mi escalda,
al olvidar yo nuestra vanidad,


tratando sombra como cosa compacta.

Canto XXII - Purgatorio

Habíamos ya dejado atrás al ángel,
al ángel que al sexto giro nos llevara,
que del rostro una seña me borrara;


y a los que tienen de la justicia el deseo
beatos los llamara, y cuyas voces
“sitiunt”, sin más, nos propusieron.


Y más leve que por las otros huecos
caminaba yo, tal que sin fatiga alguna
seguía a arriba a los espíritus veloces;


entonces Virgilio comenzó: Amor,
de virtud inflamado, siempre a otro inflama,
con tal que la llama se vea afuera;


por eso desde que descendió
a nuestro limbo del infierno Juvenal,
quien tu afecto me hizo patente,


mi benevolencia hacia ti fue tal
como nunca fue hacia ninguna otra persona,
y así ahora me son cortas estas escalas.


Mas dime, y como amigo perdóname,
si la mucha confianza afloja el freno,
y como amigo ahora conmigo razona:


¿cómo pudo hallar en tu seno
lugar la avaricia, en medio de tan buen sentido
del que por tus estudios y cuidados estuviste lleno?


Estas palabras a Estacio mover lo hicieron
un poco a risa primero; luego respondió:
Todos tus dichos de amor me son claro signo.


En verdad muchas veces vienen cosas
que a la duda dan falsa materia
porque esconden la razones veras.


Tu pregunta tu creencia me confirma
de que yo fuera avaro en la otra vida,
tal vez por aquel giro en el que yo era.


Pues bien, sabe que la avaricia lejos
de mi estuvo, y a ésta desmesura
mil lunaciones la han castigado.


Y si no fuera que apliqué pronto la cura
cuando escuché aquello que tú clamas,
fastidiado casi de la humana natura:


“¿A dónde no arrastras tú, oh sacro hambre
del oro, el apetito de los mortales?”,
estaría en las anteriores tristes labores.


Entonces advertí que por abrir demás las alas
podía irse de manos el gasto, y arrepentíme
así de éste como de los otros males.


¡Cuántos resurgirán con rapadas crines
por ignorancia, que a este defecto
priva de penitencia en vida y en los fines!


Y sabe que la culpa que replica
por directa oposición algún pecado,
juntamente con él aquí su verdor seca;


pues, si yo entre la gente me he contado
que llora su avaricia, por purgarme,
en su contrario me he encontrado.


Ahora cuando tú cantaste las crueles armas
de la doble tristeza de Yocasta,
dijo el cantor del bucólico carmen,


por lo que allí Clio contigo trata,
no parece que entonces te hiciera fiel
la fe, sin la cual hacer bien no basta.


Si así fue, ¿qué Sol o qué candelas
te sacaron de tinieblas tantas que alzaste
luego detrás del pescador las velas?


Y aquel a él: Tú primero me enviaste
al Parnaso a beber en sus grutas,
y el primero junto a Dios me iluminaste.


Hiciste como aquel que va de noche,
que lleva en su detrás la luz y no se ayuda,
mas tras de sí hace a las personas doctas,


cuando dijiste: “El siglo se renueva;
vuelve la justicia y el primer tiempo humano,
y una progenie desciende del cielo nueva”.


Por ti fui poeta, por ti cristiano:
mas porque veas mejor lo que diseño
para colorearlo extenderé la mano.


Ya estaba el mundo preñado
de la vera creencia, sembrada
con los mensajes del eterno reino;


y tu palabra arriba indicada
se armonizaba con los nuevos predicantes;
por donde a visitarlos tomé usanza.


Vinieron luego pareciendo tan santos,
que, cuando Domiciano los perseguía,
de mis lagrimas no carecieron sus llantos;


y mientras que de aquel lado estuve,
los auxilié, y sus derechas costumbres
me llevó al desprecio de todas las demás sectas.


Y antes que condujera a los Griegos a los ríos
de Tebas poetizando, recibí el bautismo;
mas por miedo oculto cristiano estuve


largamente mostrando paganismo;
y esta tibieza en el cuarto círculo
me hizo rodar más de cuatro centésimos.


Tú pues, que alzado has la cubierta
que me escondía todo el bien que digo,
mientras que subiendo tenemos tiempo,


dime dónde está Terencio nuestro antiguo,
Cecilio y Plauto y Varro, si lo sabes;
dime si están condenados y en cuál giro.


Ellos y Persio y yo y otros muchos,
respondió mi guía, estamos con aquel griego
que lactaron las Musas más que a ninguno,


en el primer círculo del penal ciego;
muchas veces hablamos del monte
que tiene siempre a nuestras nodrizas consigo.


Allí Eurípides con nosotros y Anacreonte,
Simónides, Agatón y otros muchos
griegas que ya de laurel ornaron su frente.


Allí se ven de tus gentes
Antígona, Deifila y Argía,
e Ismenea tan triste como siempre.


Vese a aquella que mostró a Langia;
la hija de Tiresia y Tetis
y con sus hermanas Deidamia.



Callaban ya ambos poetas
de nuevo atentos a mirar en torno
libre de escalera y de paredes;


y ya las cuatro esclavas habían del día
quedado atrás, y la quinta al timón
alzaba en alto el ardiente cuerno,


cuando mi conductor: Creo que al extremo
hay que volver la espalda diestra,
girando el monte como hacer solemos.


Así la rutina fue allí nuestra consigna,
y tomamos la vía con menor recelo
por el sentir de aquella alma digna.


Iban ellos delante y yo solito
detrás, y escuchaba su conversa,
que de poetizar me daba intelecto.


Mas pronto quebró las dulces razones
un árbol que hallamos en medio de la estrada,
con manzanas de aromas suaves y buenos;


y como el abeto hacia lo alto degrada
de rama en rama, así aquel hacia abajo,
creo yo, para que nadie arriba no vaya.


Del lado donde nuestro camino estaba ocluso,
caía de la alta roca un licor claro
y se expandía por las hojas superiores.


Los dos poetas al árbol se acercaron;
y una voz de adentro de la fronda
gritó: De este fruto careceréis.


Luego dijo: Más pensaba María en
que las bodas honradas fueran y enteras,
que en su propia boca, que ahora os apoya.


Y las Romanas antiguas, para su beber,
contentas estuvieron con agua; y Daniel
despreció comida y adquirió saber.


El primer siglo, como el oro, fue bello,
hizo sabrosas, con hambre, las bellotas,
y fue néctar a la sed todo arroyuelo.


Miel y langostas fueron la vianda
que nutrieron al Bautista en el desierto;
pues él es glorioso y tan grande


cuanto por el Evangelio se os es abierto.

Canto XXIII - Purgatorio

Mientras los ojos por la fronda verde
rondaba yo como hacer suele
quien tras los pajarillos su vida pierde,


mi más que padre me decía: Hijito,
ven ahora, que el tiempo que nos fue impuesto
más útilmente emplear conviene.


Volví el rostro, y el paso no menos pronto
detrás de los sabios, que de tan bello
que hablaban el andar me era sin costo.


Y entonces llorar y cantar se oía
“Labia mea, Domine” de tal modo
que placer y dolor en mi nacer hacían.


¡Oh dulce padre! ¿qué es lo que oigo?
comencé. Y él: Sombras que van
quizá de su débito soltando el nudo.


Como hacen los pensativos peregrinos
que en su ruta hallan no conocida gente,
y las miran y no se detienen,


así detrás nuestro, con más veloz paso,
viniendo y adelantándose nos admiraba
una turba de almas callada y devota.


De los ojos era todas oscuras y hundidas,
pálido el rostro, y tan delgadas
que de los huesos la piel notificaba.


No creo que a tan delgada corteza
a Erisictón lo dejara seco
el ayuno, cuando mayor miedo tuvo.


Entre mí mismo decía pensando: Ésta
es la gente que perdió a Jerusalén,
cuando al hijo María le clavó el pico.


Tenían los ojos como anillos sin gemas:
y el que en el rostro del hombre lee “omo”
bien habría aquí visto la eme.


¿Quién creería que el perfume de una poma
así los excitase, generando tal ansia,
y el de un agua, no sabiendo el cómo?


Me admiraba yo de lo que los afligía tanto,
por causa aún no manifiesta
de su flacura y de su triste escama,


mas de pronto de lo profundo de la testa
volvió a mí los ojos una sombra y me miró fijo;
luego dio un fuerte grito: ¿Qué gracia es ésta?


Por el rostro no lo hubiera nunca conocido;
pero en su voz me fue notorio
lo que la figura había en si consumido.


La voz oída reavivó entera
mi percepción de los deformes labios,
y reconocí la cara del Forese.


No te cuestiones por la seca mugre,
rogaba, que la piel me decolora,
ni por la falta de carne que yo tenga;


mas dime la verdad de ti, y quiénes son aquellas
dos almas que te dan escolta:
¡No me detendré hasta que me lo digas!


Tu cara, que ya lloré muerta,
me da de llorar ahora no menor pena,
le respondí, viéndola tan contrahecha;


mas dime, por Dios, ¿qué así te deshoja?
No me hagas hablar mientras mi asombro dura,
que mal puede hablar a quien otra cosa abruma.


Y él a mi: Por eterno consejo
cae una virtud en el agua y en la planta
que quedó atrás, de la cual yo enmagrezco.


Toda esta gente que llorando canta,
por haber seguido a la garganta en desmesura,
en hambre y sed aquí se rehace santa.


De beber y de comer nos enciende el deseo
el perfume que del manzano y del agua sale
y se extiende por su follaje.


Y no sólo en una vuelta, este espacio
girando, se reaviva nuestra pena,
yo digo pena, mas debiera decir consuelo,


pues este deseo a los árboles nos lleva
como llevó a Cristo gozoso a decir “Elí”,
cuando nos liberó con su vena.


Y yo a él: Forese, desde aquel día
en que dejaste el mundo por mejor vida,
no han pasado cinco años aún hasta ahora.


Si primero en ti fue el poder finiquitado
de pecar más, antes que llegase la hora
del buen dolor, que a Dios nos remarida,


¿cómo es entonces que has venido aquí arriba?
Yo creía encontrarte allá abajo
donde tiempo por tiempo se repara.


Y entonces él: Así de pronto me ha conducido
a beber el dulce ajenjo del tormento,
la Nella mía con su llorar encendido.


Con sus ruegos devotos y con suspiros
sacado me ha de la costa donde se espera,
y librado me ha de los otros giros.


Tanto es a Dios más cara y más dilecta
la viudilla mía, que tanto amé,
cuanto su bien obrar es más raro;


porque la Barbagia de Cerdeña mucho
más púdica es en sus mujeres
que la Barbagia donde la dejé.


¡Oh dulce hermano! ¿qué quieres que diga?
Un tiempo futuro yace ya ante mis ojos
para el cual esta hora no será muy antigua,


en el que será desde el púlpito prohibido
a las descaradas mujeres florentinas
andar mostrando con las tetas el pecho.


¿Qué bárbaras hubo nunca, qué sarracenas,
qué requirieran, para ir cubiertas,
espiritual u otra disciplina?


Mas si las desvergonzadas fueran ciertas
de lo que el cielo pronto les prepara,
ya por aullar tendrían la boca abierta;



porque si la previsión no me engaña,
estarán tristes antes que tenga vello
la mejilla del que no se consuela con la nana.


¡Ah, hermano, no más te escondas!
Mira que no sólo yo, mas estas gentes
todas miran a donde el Sol ocultas.


Por lo que yo a él: Si traes a tu mente
cuál fuiste conmigo, y cuál yo contigo,
aún más grave sería el recordar presente.


De aquella vida me trajo anteayer éste
que me va delante, cuando redonda
se nos mostró la hermana de aquel,


y señalé el Sol. Por la profunda
noche me condujo de los veros muertos
con esta vera carne que me acompaña.


De allí me ha traído arriba su asistencia
subiendo y rodeando la montaña
que os endereza, a vos, que el mundo dejó tuertos.


Tanto me dará dice su compañía
hasta que llegue adonde está Beatriz;
allí fuerza es que sin él me quede.




Virgilio es éste que así me lo dijo,
y lo indiqué con el dedo; y el otro es la sombra
por quien temblaron hace poco las laderas todas


de vuestro reino, que de sí lo descombra.

Canto XXIV - Purgatorio

Ni el habla al paso, ni el paso al habla más lento
hacían, mas razonando íbamos con energía,
como nave impulsada por buen viento.


Y las sombras, que se veían tan consumidas,
por las fosas de los ojos admiración
por mi sacaban, de mi vivir advertidas.


Y yo, continuando mi discurso
dije: Esa sombra arriba va quizá más tarda
que no lo haría, por causa de otro.


Mas dime, si sabes, dónde está Piccarda:
Dime si de notar veo alguna persona
entre esta gente que así en mí repara.


Mi hermana, que entre bella y buena
no sé qué fuera más, triunfa alegre
en el alto Olimpo ya con su corona.


Esto dijo primero, luego: Aquí no se prohíbe
nombrar a nadie, dado que tan alterada
está nuestra apariencia por la dieta.


Éste, y mostrólo con el dedo, es Bonagiunta,
Bonagiunta de Lucca; y aquella cara
más allá, más que las otras recamada


tuvo la Santa Iglesia entre sus brazos:
de Tours fue, y purga por ayuno
la anguilas de Bolsena y el garnacha.


Muchos otros me nombró uno por uno;
y de ser nombrados se veían muy contentos,
que no reparé en ellos gesto oscuro.


Vi por hambre en vacío mascar los dientes
a Ubaldino de la Pila y Bonifacio
que apacentó con báculo a mucha gente.


Vi a meser Marchese, que tuvo buen espacio
de beber en Forli con menos sequedad,
y bebiendo fue tal, que nunca se sintió sacio.


Mas como el que mira y luego aprecia
más a uno que a otro, así hice con el de Lucca
quien hablarme más querer parecía.


Y murmuraba; y no sé qué de “Gentucca”
sentía yo allí, donde él sentía la llaga
de la justicia que así lo desgrana.


¡Oh alma!, dije yo, que te ves tan deseosa
de hablar conmigo, haz de modo que te entienda,
y a mi y a ti con tu hablar nos calma.


Mujer ha nacido y no lleva aún venda,
comenzó él, que te hará gustar
de mi ciudad, aunque alguno la reprenda.


Tú te irás con esta antevista:
si de mi murmurar error sacaste
ya te lo ha de declarar la realidad cierta.


Mas dime si estoy viendo aquel que afuera
lanzó las nuevas rimas, comenzando
“Damas que tenéis inteligencia de amor.”


Y yo a él: Yo soy uno que, cuando
Amor me inspira, anoto, y del modo
que me dicta adentro voy significando.


¡Oh hermano, ahora veo, dijo él, el nudo
que a Notario y a Guittone y a mi retiene
fuera del dulce estilo nuevo que oigo.


Yo veo bien como vuestras plumas
tras del que os dicta van estrechas,
lo que en verdad con las nuestras no ocurrió;


y el que mirar más allá quisiera
no distinguiría del uno el otro estilo.
Y, ya satisfecho, guardó silencio.


Como las grullas que inviernan en el Nilo
forman falanges a veces por el aire
y luego más veloces vuelan y van en fila,


así toda la gente que allí era,
volviendo el rostro, apretaban el paso,
no sólo por la flacura mas por el deseo ligeras.


Y como el hombre que de correr laxo,
deja que los compañeros avancen y se pasea
hasta que el resuello del pecho ceda,


así dejó pasar a la santa grey
Forese, y detrás conmigo venía
diciendo: ¿Cuándo será que te revea?


No sé, le repuse, cuánto yo viva;
mas no será ya mi regreso tan pronto
que no llegue antes con mi deseo a la orilla;


porque el lugar en que a vivir fui puesto,
de día en día más de bien se despulpa,
y parece que a triste ruina está dispuesto.


Ahora vete, me dijo, que a aquel que más tiene culpa
véolo arrastrado tras el anca de una bestia
hacia el valle donde nunca hay disculpa.


La bestia a cada paso más se apresa,
siempre más, hasta que al fin lo golpea
y deja el cuerpo vilmente deshecho.


No falta mucho a que ronden tales ruedas,
y alzó los ojos al cielo, que te será revelado
lo que mi discurso más declarar no puede.


Ahora quédate; que el tiempo es caro
en este reino, y así yo pierdo mucho
viniendo contigo apareado.


Como se sale algunas veces al galope
un caballero del escuadrón que cabalga,
y va a tomar el honor del primer choque,


tal se partió de nosotros con mayor paso;
y yo quedé en el camino con esos dos,
que fueron del mundo mariscales grandes.


Y cuando se hubo adentrado adelante
que mis ojos tras él seguían
como a sus palabras mi mente,


advertí las ramas grávidas y vivaces
de otro manzano, y no muy lejano,
pues recién entonces había doblado hacia ese lado.


Vi gente alzar bajo el árbol las manos,
y gritar no sé que hacia el follaje,
cuasi críos codiciosos y vanos,


que ruegan y el rogado no responde,
mas, para que el querer sea aun más agudo,
mantiene en alto lo deseado y no lo esconde.


Luego que se fueron descreídos
nos fuimos acercando al gran árbol,
que tantos ruegos y tantas lágrimas rechaza.


Seguid de largo sin tardanza:
leño hay más arriba que mordido fue por Eva
y esta planta es su retoño.


Así entre las ramas no sé quien hablaba;
por lo que Virgilio y Estacio y yo, estrechados,
seguimos adelante del lado que se alza.


Recordaos, decía, de los malditos
formados en las nubes, que, saciados,
a Teseo combatieron con su doble pecho;


y de los Hebreos que a beber tiernos se vieron,
y por ello Gedeón no los quiso de compañeros,
cuando hacia Madián descendió los cerros.


Así arrimados a uno de los dos lados,
pasamos, oyendo culpas de la gula,
seguidos de sus miserables corolarios.


Luego abriéndonos por la calle solitaria,
bien mil pasos nos llevaron adelante,
cada uno contemplando sin palabras.


¿Qué andáis así pensando vosotros tres?
súbita voz dijo; por lo que me sacudí
como bestia despavorida y potra.


Alcé la testa para ver quién era;
y ya nunca se vieron en horno
vidrios y metales tan lucientes y rojos,


como vi yo a uno que decía: Si os place
montar arriba, aquí es necesario dar vuelta;
por aquí va quien ir a la paz quiere.


Su aspecto me había ofuscado la vista;
por donde me puse detrás de mis doctores,
como hombre que va según lo que oye.


Y cual, anunciadora de albores,
el aura de mayo muévese y perfuma,
impregnada toda de hierbas y de flores,


tal sentí yo un viento en medio
de la frente, y bien sentí overse la pluma,
que hace palpar la brisa de ambrosia.


Y oír decir: ¡Felices a quienes ilumina
tanta gracia, que el amor del gusto
en el pecho excesivo deseo no flamea,


comiendo siempre lo que es justo!

Canto XXV - Purgatorio

Hora de subir era sin demora,
ya que el Sol dejado había el meridiano
círculo a Tauro y la noche a Escorpio:


por lo cual, como hace quien no se arresta
mas por su vía se lanza, que lo que estorba,
por su necesidad, lo traspasa,


de igual modo entramos por la brecha,
uno tras del otro, asidos de la escala,
pues por la estrechez no íbamos de a pares.


Y como la cigüeñita que alza las alas
de volar queriendo, y no se atreve
a dejar el nido, y entonces las baja,


así estaba yo con el deseo de preguntar
animado y muerto, en la actitud
de quien a preguntar se prepara.


No se privó, aunque el andar fuera rápido,
el dulce padre mío, mas dijo: Dispara el arco
de hablar, que hasta el hierro tienes tensado.


Entonces asegurado abrí la boca
y comencé: ¿Cómo es posible volverse flaco
allí donde la necesidad de comer no cabe?


Si te recuerdas como Meleagro
se consumió al consumirse un tizón,
no te sería, dijo, ésto tan agrio;


y si pensaras como, a vuestros gestos,
gesticula en el espejo vuestra imagen,
lo que te parece duro te sería blando.


Mas para que tu deseo calmes,
aquí está Estacio; y yo lo llamo y le ruego
que sea el sanador de tus llagas.


Si la mirada eterna le desligo,
respondió Estacio, estando tú presente,
pido disculpas al no poder negarme.


Luego empezó: Si mis palabras,
hijo, tu mente guarda y recibe,
luz te daré al cómo que tu dices.


Sangre perfecta, que nunca beben
las sedientas venas, y que sobra,
como alimento que se saca de la mesa,


adquiere en el corazón de todos los miembros
una virtud formante, como la sangre
que a trocarse en ellos va por las venas.


Ya digerido, baja a donde es más bello
callar que decir; y de allí luego se instila
sobre la sangre de otro en natural vasija.


Allí se acogen una y a la otra solidariamente,
una dispuesto a recibir, y la otra a hacer
por el perfecto lugar de donde viene;


y, llegado a ella, comienza a obrar
coagulando primero, y luego aviva
lo que en su materia hizo condensar.


Hecha alma la virtud activa
cual de una planta, pero en esto diferente,
que esta está en camino, aquella en la ribera,


tanto obra después, que ya se mueve y siente,
como esponja marina; y de allí emprende
a organizar las potencias de las que es simiente.


Ahora se despliega, hijito, ahora se extiende.
la virtud que es del corazón del generante,
de donde la natura a todo miembro tiende.


Mas cómo del animal se haga razonante
aún no percibes: éste es un tal punto
que a uno más sabio que tú lo hizo errante.


de modo por su doctrina dejó disjunto
del alma el posible intelecto,
porque no vio de él órgano adjunto.


Ábrete a la verdad que viene al pecho:
y sabe que, tan pronto al feto
el ensamble del cerebro es perfecto,


el primer motor a él se vuelve contento
de tanta arte de natura, e inspira
nuevo espíritu, de virtud repleto,


que lo que allí encuentra activo, absorbe
en su sustancia, y hácese un alma sola,
que vive y siente y a sí en sí se remira.


Y para que menos te admire la palabra,
observa el calor del Sol que se hace vino,
junto al humor que de la vid se cuela.


Cuando Láquesis ya no tiene más lino,
suéltase de la carne, y en virtud
lleva consigo y lo humano y lo divino:


las demás potencias todas quedan mudas;
memoria, inteligencia y voluntad
en acto mucho más que antes agudas.



Sin detenerse, por sí misma cae
maravillosamente a una de las riberas:
allí conoce primero sus estradas.


Una vez que el lugar de allí la circunscribe,
la virtud formativa irradia en torno,
así y tanto cuánto en los miembros vive.


Y como el aire, cuando está empapado,
por el rayo de otro que en sí refleja,
de diversos colores queda ornado;


así el aire vecino aquí se mete
en aquella forma que en él sella
virtualmente el alma que allí se encierra,


y en forma semejante a la flamita
que sigue al fuego doquiera se trasmuta,
el espíritu sigue a su forma nueva.



Sin embargo cuando ha obtenido su apariencia,
se la llama sombra; y de allí organiza luego
cada sentido inclusive el de la vista.


Así hablamos y así reímos nosotros;
también soltamos lágrimas y suspiros
que por el monte sentido haber pudiste.


Conforme nos afligen los deseos
y los demás afectos se configura la sombra,
y esta es la razón de lo que te admiras.


Y ya habíamos a la última tortura
llegado, vueltos a mano diestra,
y estábamos atentos a nuevas tareas.


Aquí hacia fuera dispara llamas la cuesta
y la cornisa hacia arriba exhala viento
que las rechaza y de ellas la vía secuestra;


por donde ir nos obligaba del lado externo
uno a uno; y yo temía el fuego
de aquí, y de allá despeñarme.


Mi conductor decía: Por este lugar
se requiere dar a los ojos estricto freno,
porque errar podríase por poco.


“Summa Deus clementia” en el seno
del gran ardor entonces oí cantando,
que de volverme me hizo desear no menos;


y vi espíritus entre la llama andando;
por lo que yo los miraba y a mis pasos,
compartiendo la vista de vez en cuando.


Llegados al fin del cantado himno,
gritaban alto: “Virum non cognosco”;
de allí reemprendían el himno en voz baja.


Terminado, aún gritaban: Al bosque
vino Diana y de allí expulsó a Hélice,
que de Venus había probado el tóxico.


De allí a cantar volvían: y de allí mujeres
gritaban y maridos que fueron castos,
como virtud y matrimonio imponen.


Y este modo creo que les baste
por todo el tiempo que el fuego los abrase;
que tal cura es necesaria y con tal pasto


para que la llaga del sexo se digiera.

Canto XXVI - Purgatorio

Mientras que así por la orla, uno tras otro,
marchábamos, y, asiduo, el buen maestro
decía: Cuidado, atiende que yo te adiestro;


heríame el hombro diestro el Sol,
que ya, irradiando, a todo occidente
mudaba a blanco aspecto de celeste;


y yo con la sombra mas rojiza hacía
verse la llama; por donde a tanto indicio
vi muchas sombras, andando, fijarse.


Tal fue la razón que dio inicio
a que de mi hablaran; y comenzaron
a decirse: Este no parece cuerpo ficticio;


luego, vueltos a mi cuanto podían ponerse,
lo confirmaron, siempre cuidando
de no salirse a donde no fueran ardidos.


¡Oh tú que vas, no por más tardo,
mas quizás reverente, detrás de los otros,
respóndeme a mí que en sed y fuego ardo!


No sólo a mi tu respuesta es necesaria;
que todos éstos tienen de ella más sed
que de agua fría el Indio o el Etíope.


Dime ¿cómo es que tu cuerpo es pared
del Sol como si todavía no hubieses
de la muerte entrado en la red?


Así me hablaba uno de ellos; y yo me hubiese
ya manifestado, si no hubiera sido atraído
por otra novedad que surgió entonces:



porque en medio del camino encendido
venía gente de frente al encuentro de esta,
la cual me dejó a mirarlas suspendido.


Allí veo de todas partes apresurarse
cada sombra y besarse una con otra
sin quedarse, contentas con breve fiesta:


así por entre su hilera oscura
se hociquean una con otra las hormigas,
quizá para saber del camino o la fortuna.


Una vez terminado la cortesía amiga,
antes que el primer paso transcurra,
a gritar fuerte cada una se fatiga,


la nueva gente: ¡Sodoma y Gomorra!
y la otra: ¡En la vaca entró Pasífae,
para que el torito a su lujuria corra!


Luego como grullas que a la montaña Rife
gustan de irse, y huir hacia la arena,
unas del hielo, otras del Sol hartas,


unas sombras van y otras vienen;
y vuelven, llorando, al primer canto
y a gritar lo que más requieren.


Y acércanse a mí, como antes,
los mismos que me habían rogado,
llenos de atención el semblante.


Yo, que dos veces había visto su deseo,
comencé: ¡Oh almas seguras
de lograr, cuando sea, de paz estado,


no han quedado ni verdes ni maduros
allá mis miembros, mas están aquí conmigo
con su sangre y coyunturas.


Por donde subiendo voy para no más ser ciego:
dama hay arriba que me logra gracia,
por lo que el mortal por vuestro mundo llevo.


Pero si vuestra mayor ansia saciada
pronto se hallare, de modo que el cielo os albergue,
que lleno está de amor y más amplio se espacia,


decidme, a fin de que luego en papel lo grabe,
quién sois vosotros, y qué es aquella turba
que de vuestras espaldas se aleja.


No de otra forma estúpido se turba
el montañés, y remirando enmudece,
cuando rústico y salvaje a la ciudad llega,


así cada sombra trastornó su aspecto;
pero cuando estuvieron del estupor repuestas,
que en los altos corazones pronto se calma,


¡Beato tú, que en nuestras marcas,
recomenzó el que me inquirió primero,
para morir mejor, experiencia embarcas!


La gente que con nosotros no viene, ofendió
con lo que una vez César, triunfando,
“Reina” en su contra gritar escuchó:


por eso van “Sodoma” gritando,
reprochándose como has oído,
y así añaden al quemarse vergüenza.


Nuestro pecado fue hermafrodito;
mas porque no observamos la humana ley,
siguiendo como bestias el apetito,


en oprobio nuestro gritamos
el nombre de aquella, cuando partimos,
que se bestializó encerrada en bestia.


Conoces ahora nuestros actos y de qué fuimos reos:
si quizá por nombre quieres saber quienes somos
no hay tiempo de decirlo, y no sabría hacerlo.



Con todo de mi dejaré tu deseo satisfecho:
soy Guido Guinizelli y ahora me purgo,
por haberme dolido antes del extremo.


Cuando en la tristeza de Licurgo
corrieron los dos hijos a rever la madre,
tal me hice yo, aunque a tanto no llego,


cuando oigo que a sí mismo se nombra el padre
que fue mío y de otros mayores que yo, que
hicieron rimas de amor dulces y gentiles;


y sin más oír ni hablar pensativo anduve
largo rato contemplándolo,
aunque, por el fuego, más no me acerqué.


Luego que de mirar satisfecho estuve,
me ofrecí por completo a su servicio
con la firmeza que hace creer al otro.


Y él a mi: Tu dejas tal vestigio,
por lo que oigo, en mi y tan claro,
que Lete no podrá quitarlo ni nublarlo.


Mas si tus palabras lo verdadero han jurado,
dime ¿cuál es la razón de que demuestres
en palabras o miradas que por ti soy amado?


Y yo a él: Vuestros dulces dichos,
los cuales, cuanto durare el moderno uso,
harán que sean amados aún sus manuscritos.


¡Oh hermano, dijo, éste que te señalo
con el dedo, e indicó un espíritu adelante,
fue mejor artesano del hablar materno.


Versos de amor y prosas en romance
los superó todos; y deja hablar a los tontos
que el Lemosín creen sea más grande.


A la voz más que a la verdad prestan oído,
y así sostienen su opinión,
antes que escuchar el arte o la razón.


Así hicieron muchos antiguos de Guittone,
de grito en grito por él dando precio,
hasta que lo venció la verdad de más personas.


Ahora bien, si tú tienes tan amplio privilegio
que lícito te sea llegar al claustro
en el que es Cristo abad en el colegio,


haz por mí un decir de un padrenuestro,
que tanto lo necesitamos los de este mundo,
donde el poder pecar ya no es más nuestro.


Luego, tal vez por hacer lugar a uno siguiente
que cerca de él estaba, desapareció por el fuego,
como por el agua el pez marchando al fondo.


Yo me acerqué al que me había mostrado un poco,
y díjele que a su persona mi deseo
le preparaba un gentil espacio.



El comenzó de su libre corazón a decir:
“Tam m’abellis vostre cortes deman,
que’ieu no me puesc ni voill a vos cobrire.


Ieu sui Arnaut, que plore e vau cantan;
consiros vei la passada folor,
e vei jausen la joi que’esper, denan.


Ara vos prec, per aquella valor
que vos guida al som de l’escalina,
¡sovenha vos a temps da ma dolor!"


Después se escondió en el fuego que lo afina.
tanto me deleita vuestra cortés demanda,
que no puedo ni quiero de vos celarme.


Yo soy Arnaldo, que llora y va cantando;
dolorido mi pasada locura veo,
veo, gozoso, el gozo que espero, adelante.



Ahora os ruego, por aquel Valor,
que os guía a la sumidad de la escala,
os recuerde, a tiempo, mi dolor.

Canto XXVII - Purgatorio

Así como cuando sus primeros rayos vibran
allá donde su hacedor vertió la sangre,
y el Ebro yace bajo el alta Libra,


y las ondas del Ganges a las nonas se caldean,
así estaba el Sol: por donde el día se iba,
cuando el ángel de Dios alegre apareció.


Fuera de la llama estaba arriba en la orilla
y cantaba: “¡Beati mundo corde!”.
con voz mucho más que la nuestra viva.


Después: Más no se va, si primero no muerden,
almas santas, el fuego: entrad en él,
y al cantar de allá no seáis sordos,


nos dijo cuando de él estuvimos cerca;
por lo que tal me puse yo, al oírlo,
como aquel que en la fosa dejan.


Me protegí alzando juntas las manos,
mirando el fuego e imaginando mucho
los humanos cuerpos que había visto ardiendo.


A mí volvieron los buenos escoltas;
y Virgilio me dijo: Hijito mío,
aquí puede haber tormento, mas no muerte.


¡Recuerda, recuerda! Que si yo
sobre Gerión te guié a salvo
¿qué no haré ahora más cerca de Dios?


Cree con certeza que si en el vientre
de esta llama estuvieras mil buenos años,
no quedarías ni de un solo cabello calvo.


Y si quizá crees que yo te engaño,
acércate a ella, y haz la prueba
con las manos en la orla de tus paños.


¡Depón, depón toda sospecha;
vuélvete y ven: entra seguro!
Y yo quieto y contra conciencia.


Cuando me vio seguir quieto y duro,
turbado un poco, dijo: Pues mira, hijo:
que entre tú y Beatriz está este muro.


Cuando al nombre de Tisbe alzó la ceja
Píramo en tren de muerte, y miróla,
y entonces la mora se volvió bermeja;


así, ablandada y dócil mi dureza,
me volví al sabio guía, al oír el nombre
que en la mente siempre me resuena.


Por donde frunció el ceño y dijo: ¡Cómo?
¿Quieres quedarte aquende?; y sonrió
como se hace al niño vencido por la poma.


Luego al fuego se metió primero,
pidiendo a Estacio que detrás siguiera,
que antes por largo camino se había interpuesto.


En cuanto fui adentro, en hirviente vidrio
arrojado me habría por refrescarme,
tanto era allí sin mesura el incendio.


Mi dulce padre, por confortarme,
sólo de Beatriz hablando andaba,
diciendo: Su ojos ya verlos creo.


Nos guiaba una voz que cantaba
del lado opuesto; y nos, atentos sólo a ella,
salimos fuera a donde se trepaba.


“Venite, benedicti Patris mei”,
resonó dentro de una luz que allí había,
tal que me venció y mirarla no podía.



El Sol se va, agregó, y viene la tarde;
no os detengáis, mas estudiad el paso,
mientras occidente no ennegrece.


Recta subía la vía por entre la roca,
hacia la parte donde yo cortaba los rayos,
delante de mi, del Sol que ya estaba bajo.


Y a los pocas gradas comprobado
que se ponía el Sol, por la esfumada sombra,
lo sentimos detrás, yo y mis sabios.


Y antes que en todas sus partes inmensas
fuera el horizonte cambiado en un solo aspecto,
y la noche hubiera todo su ámbito cubierto,


cada uno de una grada hicimos lecho;
porque la naturaleza del monto nos quitó
la voluntad de subir más, y el deseo.


Así como quedan rumiando mansas
las cabras, rápidas y atrevidas
sobre las cimas antes de apacentadas,


silenciosas a la sombra, mientras el Sol hierve,
guardadas por el pastor, que sobre el cayado
se apoya y del apoyo se sirve;



y como el pastor que afuera se queda,
junto a su grey y quieto pernocta,
cuidando que la fiera no la disperse;


así estábamos todos los tres en un hato
yo como cabra y ellos pastores,
estrechados por ambos lados de la gruta.


Poco se veía de allí el cielo afuera;
mas por aquel poco, veía yo las estrellas,
más que lo suelen claras y mayores.


Así rumiando y así mirando a ellas,
me tomó el sueño; sueño que a menudo,
antes que ocurran, sabe las nuevas.


A la hora, creo, que del oriente
lanzaba al monte su primer rayo Citerea,
que de fuego de amor parece siempre ardiente,


joven y bella en sueños parecíame
ver una dama andando por una landa
cogiendo flores, y cantando decía:


Sepa quienquiera que mi nombre demanda
que soy Lía, y voy moviendo en torno
las bellas manos para hacerme una guirnalda.


Por placerme ante el espejo, me adorno;
pero mi hermana Raquel nunca se aparta
de su espejo, todo el día sentada.


Ella de ver sus bellos ojos está enamorada
como yo de adornarme con las manos;
a ella el mirar, y a mi el obrar nos aplaca.


Y ya por los esplendores del alba,
que para el peregrino surgen más gratos,
cuando, de regreso, se hospedan aún lejanos,


huían las tinieblas de todos lados,
y mi sueño con ellas; entonces levantéme
viendo a los grandes maestros ya levantados.


Aquellas dulces pomas que por tantas ramas
buscando va el mortal cuidado,
hoy pondrá en paz a tus hambres.


Virgilio dirigiéndose a mí estas tales
palabras usó: y nunca recibí regalos
que fueran de placer a éstos iguales.


Tanto querer sobre querer me vino
de estar arriba, que tras cada paso
de volar sentía crecerme alas.


Cuando toda la escalera debajo
fue subida y fuimos en el escalón superno,
en mí fijó Virgilio los ojos


y dijo: el fuego temporal y el eterno
has visto, hijo; y has llegado a la parte
donde yo por mí más allá no discierno.


Aquí te traje con ingenio y con arte;
tu deseo ahora en más será tu conductor;
fuera estás de las rudas vías, fuera de las estrechas
.

Mira el Sol que en la frente te reluce;
mira las hierbas, las flores y las frondas
que aquí la tierra por sí sola produce.


Mientras que lleguen alegres los ojos bellos
que, lagrimeando, venir a ti me hicieron,
sentarte puedes y puedes pasear por estos.


No aguardes mis palabras ni tampoco mis gestos;
libre, recto y sano es tu arbitrio,
y sería errado no obrar a su mando:


por lo que yo a ti sobre ti te corono y mitro.

Canto XXVIII - Purgatorio

Ansioso ya de vagar dentro y entorno
de la divina floresta espesa y viva,
que a la vista templaba el nuevo día,


sin esperar más, dejé la orilla,
entrando en la campiña lento lento
por el suelo que por todas partes bien olía.


Un aura dulce, sin mudanzas
en ella, me hería la frente
de no mayor roce que de suave viento;


por la cual las frondas, tremolando, prontas
se inclinaban todas hacia donde
la primera sombra el santo monte arroja;


con todo de su estar erectas no alejadas
tanto, que los pajarillos por las copas
dejaran de ejercer todo su arte;


mas con alegría plena la primera hora,
cantando, entre las hojas acogían,
que de bordón hacían a sus rimas,


tal cual como de rama en rama se los oye
por el pinar de Chiassi en la marina
cuando Eolo el siroco afuera arroja.


Ya me habían llevado mis lentos pasos
dentro de la selva antigua tanto, que
rever no podía por donde había entrado;


y entonces a más andar me impidió un río,
que hacia la izquierda con sus ondas pequeñitas
plegaba la hierba que en su ribera crecía.


Todas las aguas del mundo más puras
se diría que alguna mancha tienen
al lado de aquella, que no esconde a ninguna,


aunque morenas morenas corrían
bajo la sombra perpetua, que nunca
pasar los rayos deja ni del Sol allí, ni de la Luna.


Quietos los pies, con los ojos pasé
allende el riachuelo, para mirar
la gran variedad de frescos mayos;


y allí me apareció, así como se aparece
súbitamente una cosa que desvía
por maravilla todo otro pensar,


una dama solita que se iba
contando y cogiendo flor de las flores
de la que estaba pintada su vía.


¡Oh bella dama, que a los rayos del amor
te entibias, si puedo creer al semblante
que suele ser testimonio del alma,


que nazca en ti el deseo de venir delante,
le dije, hacia esta ribera,
tanto que pueda oír lo que tu cantas.


Tú me recuerdas de dónde y cuál era
Proserpina cuando a ella perdiera
su madre, y ella la primavera.


Como se vuelve, estrechados los pies
y pisando el suelo, dama que baila,
y pie delante de pie apenas pone,



volvióse sobre las bermejas y doradas
florecillas hacia mí, a la manera
de una virgen que los honestos ojos baja,


y dejó a mis ruegos contentos,
acercándose ella tanto que el dulce son
llegaba a mi con sus entendimientos.


Cuando llegó hasta donde las hierbas
bañadas son por las ondas del bello arroyo,
de alzar sus ojos me hizo regalo.



No creo que esplendiese tanta luz
bajo las cejas en Venus, saetada
por su hijo contra toda su costumbre.


Reía ella en la otra derecha orilla,
trenzando flores con las manos
que la alta tierra sin semilla echa.


De tres pasos el arroyo nos tenía lejanos;
pero el Helesponto, por donde pasó Jerjes,
que aún es freno a todo orgullo humano,


más odio de Leandro no sufrió
por el oleaje entre Sestos y Abidos,
que de mi aquel por no abrirme paso.


Sois nuevos, y quizá porque yo río,
comenzó ella, en éste lugar elegido
por la natura humana para su nido,



maravillados os retiene una sospecha;
mas luz aporta el salmo Delectasti,
que puede desanublar vuestro intelecto.


Y tú que estás delante y me rogaste,
di si otra cosa oir quieres; que pronta vine
a tus cuestiones todas, hasta que baste.


El agua, dije yo, y el son de la floresta
impugnan en mi la creencia nueva
por algo que oí contrario a ésta.


Por lo que ella: Te diré como procede
por su razón aquello que admirarte hace,
y purgaré la niebla que te hiere.


El sumo Bien, que solo a sí se place,
hizo al hombre bueno y para el bien,
y este lugar le dio en arras de paz eterna.


Por su falta que demoróse poco;
por su falta en llanto y en afanes
cambió honesta risa y dulces juegos.


Para que la conmoción que abajo hacen
de sí la exhalación del agua y de la tierra,
que cuanto pueden tras el calor marchan,


no hiciera al hombre guerra alguna,
este monte se alzó al cielo tanto
que libre de ellas quedó desde la puerta.


Ahora bien, como en el entero círculo
el aire se mueve con la primera vuelta,
si en algún punto no es roto el cerco,


en esta altura que está por entero suelta
en el aire vivo, tal movimiento repercute,
y hace que la selva suene, porque es espesa;


y la azotada planta tanto puede,
que de su virtud el aire impregna,
y este luego, girando, difunde entorno;


y la otra tierra, conforme es digna
por sí y por su cielo, concibe y alumbra
de diversas virtudes diversos leños.


Por tanto allá no será maravilla,
oído esto, cuando alguna planta
os germine sin aparente semilla.


Y saber debes que la campiña santa
en la que estás, de toda semilla está colmada,
y fruto encierra que allá abajo no se coge.


El agua que ves no surge de vena
nutrida de vapor que el frío convierta,
como río que adquiere y pierde aliento;


mas sale de fontana sólida y cierta,
que por voluntad de Dios tanto recobra,
cuanto vierte en dos partes abierta.


En esta parte con virtud desciende
que quita la memoria del pecado;
en otra de toda buena obra recuerda.


Este Lete; y del otro lado
Eunoe se llama; y no opera
si aquí primero que allá no se bebe;


a todos los demás sabores estos superan.
Y aunque mucho pueda ser sacia
tu sed porque más no te descubro,


te daré un corolario aún de gracia:
no creo que mis dichos te sean menos caros,
si más allá de prometido se espacian.


Aquellos que antiguamente poetizaron
la edad de oro y su feliz estado
quizá este monte en el Parnaso soñaron.


Aquí fue inocente la raíz humana;
aquí es siempre primavera y fruto;
éste es el néctar del que todos hablan.


Entonces atrás me di vuelta por completo
a mis poetas, y vi que con sonrisa
había escuchado el último período;


luego a la bella dama retorné la vista.

Canto XXIX - Purgatorio

Cantando como mujer enamorada,
continuó al fin de sus palabras:
“¡Beati quorum tecta sunt peccata!”.


Y como ninfas que andan solas
por las selváticas sombras, deseando
cual de verlo, cual de huir del Sol,


se movió entonces contra el río, andando
sobre la orilla; y yo al par de ella,
pasito a pasito acompañando.


No sumaban cien pasos los suyos y los míos
cuando las orillas parejas doblaron,
de modo que a levante me encontré encarando
.

Nuestra andada vía aún no era mucha,
cuando la dama toda hacia mi volviendo
me dijo: Hermano mío, mira y escucha.


Y entonces un súbito destello traspuso
las partes todas de la gran floresta,
que de un relámpago me puso en duda.


Mas como el relámpago venido se aquieta,
y éste, durando, más y más esplendia,
en la mente me decía: ¿Qué cosa es ésta?.


Y una dulce melodía corría
por el aire luminoso; cuando un buen celo
me vino en reprender la osadía de Eva,


pues allí donde obedecían la tierra y el cielo,
una mujer, sola y con todo recién formada,
no sufriera el estar bajo algún velo;


bajo el cual, si devota hubiese durado,
habría aquellas inefables delicias
gozado primero y por largo rato.


Mientras caminaba entre tantas primicias
del eterno placer todo suspenso,
y deseoso aún de más delicias,


ante nosotros, como un fuego encendido,
se hizo el aire entre las verdes ramas;
y se vio que el dulce son era un canto.


¡Oh sacrosantas Vírgenes, si hambre,
frío o vigilias por vos jamás sufriera,
razón me apoya de que merced os clame.


Ahora es preciso que Helicón por mí vierta,
y Urania me aporte con su coro
grandes temas a concebir y poner en verso.


Un poco más allá, siete árboles de oro,
falseaban el parecer por el amplio espacio
que mediaba todavía entre ellos y nosotros;


mas cuando tan cerca de ellos estuve,
que el común objeto, que al sentido engaña,
no perdiera por la distancia su efecto,


la virtud, que a la razón argumento provee,
que eran siete candelabros comprendió
y que las voces del canto eran “Hosanna”.


Flameaba arriba el bello objeto
mucho más claro que la Luna en el sereno
de media noche en la mitad de su mes.



Yo me volví de admiración lleno
a Virgilio, y el me respondió
con gesto cargado de estupor no menos.


De allí volví mi atención a esas grandes cosas
que se movían hacia nosotros tan lentamente,
que hubieran sido vencidas por nueva esposa.


La dama me gritó: ¿Porqué sólo te inflamas
tanto tras el efecto de las vivas luces,
que lo que detrás viene no reparas?


Gentes vi entonces, como por ellas guiadas,
venir detrás, vestidas de blanco;
y de un tal candor que acá nunca se viera.


El agua resplandecía del izquierdo lado,
y reflejaba mi izquierdo costado,
de modo que me veía en él como en un espejo.


Cuando por mi orilla llegué a tal puesto
de donde sólo el río ponía distancia,
por mejor ver, a los pasos di descanso,


y vi a las flamas venir delante,
dejando detrás de sí el aire pintado,
a desplegadas flámulas semejantes;


de modo que el aire arriba quedaba tinto
en siete listas, todas de aquel color
que forma el arco del Sol y de Delia el cinto.


Estos estandartes atrás se extendían más allá
de lo que mi vista podía; y, en mi opinión,
más de diez pasos se espaciaban los extremos.


Bajo tan bello cielo como yo describo,
veinticuatro ancianos, de a dos en dos,
coronados venían de lirios.


Todos cantaban: “¡Benedicta tú
entre las hijas de Adán, y benditas
sean en eterno tus bellezas!”



Luego que las flores y las otras frescas hierbas
frente a mí en la otra orilla
libres quedaron de aquella gente electa,


así como luz a luz en el cielo sigue,
vinieron detrás cuatro animales,
cada uno coronado de verde fronda;



cada uno tenía emplumadas seis alas;
las plumas llenas de ojos; y los ojos de Argos
si estuviera vivo, serían tales.


En describir su forma más no alargo
rimas, lector; que otra prisa me urge,
tanto que de ésta no puedo ser largo;


mas lee a Ezequiel, que los describe
cuando los vio venir de la fría parte
con viento, con nube y con fuego;


y cual los hallares en sus páginas
tal eran aquí, salvo que por las plumas
Juan y yo de él nos apartamos.


El espacio entre los cuatro contenía
un carro, con dos ruedas, triunfal,
que arrastrado del cuello de un grifo venía.


Éste extendía hacia arriba una y otra ala
entre la central y las tres y tres listas
de modo que a ninguna, interfiriendo, dañaba.


Se elevaban tanto que no se veían;
miembros de oro tenía en cuanto era ave,
y los otros blancos, de rojo mezclados.


Ni a Roma con un carro tan bello
alegrara el Africano, ni tampoco Augusto,
hasta el del Sol sería pobre en su presencia;


pues el del Sol, desviado, fue combusto
por ruegos de la Tierra piadosa,
cuando Jove fue arcanamente justo.


Tres mujeres en derredor de la diestra rueda
iban danzando; una tan roja
que apenas dentro del fuego sería notada;


la otra como si la carne y los huesos
hubieran sido de esmeralda hechos;
la tercera blanca como nieve recién nevada;


y ora parecían llevadas por la blanca,
ora de la roja; y del canto de ésta
las otras tomaban la marcha lenta o rápida.


Sobre la izquierda, cuatro hacían fiestas,
de púrpura vestidas, ajustadas al modo
de una de ellas, que tenía tres ojos en la testa.


Detrás de todo el sobredicho corro
vi a dos viejos en hábito dispar,
mas pares en el porte honesto y sólido.


Uno mostraba una cierta familiaridad
con aquel sumo Hipócrates, que la natura
hizo para los seres vivos que le son muy caros;


mostraba el otro contrario sino
con una espada luciente y aguda,
tal que de este lado del río me dio pavura.


Después vi a cuatro en humilde porte;
y detrás de todos vi un viejo solo
venir, durmiendo, con la faz astuta.


Y estos siete como el primer grupo
estaban vestidos, pero de lirios
entorno a la cabeza no tenían huerto;


sino de rosas y de otras flores bermejas;
jurado habría viéndolos desde algo lejos
que todos ardieran por sobre las cejas.


Y cuando el carro estuvo a mí frente,
un trueno se oyó, y aquellas gentes dignas
parecieron tener la marcha interdicta,


deteniéndose allí con las primeras enseñas.